Entre la herida y la divinidad, hay una
posibilidad
Patricia Chong
A lo
largo de la historia, las mujeres han sido revestidas por calificativos que
corresponden a las creencias en boga de cada momento de la historia, las cuales
han favorecido que las mujeres se separen de su esencia en aras de vivir acorde
con lo que se espera de ellas. Como resultado, es posible observar mujeres que
no solo desconocen el funcionamiento de su propio cuerpo, sino que además
involucran en su cuidado diario, productos de supuesta higiene, que alteran la
homeostasis natural y continúan perpetuando la desconexión con su cuerpo.
En un plano más profundo, esta escisión conlleva un
distanciamiento de sus necesidades, sus intereses, sus sueños, etcétera, que
incluye su capacidad para asentir o negar cuando éstos se contraponen a los
requerimientos o necesidades del grupo al que pertenecen. Esta ausencia de
asertividad se extiende a la vivencia de la sexualidad, en la cual, el
querer-no querer o querer “algo” se ve desplazado por la demanda de la pareja
sexual, comprometiendo así, su satisfacción y, de nuevo, la posibilidad de una
conexión con su cuerpo y, por ende, con su propio poder.
Históricamente, esta desconexión ha sido favorecida,
fomentada y creada por grupos sociales hetero-patriarcales, los cuales, desde
el derrocamiento de las diosas, han encontrado una ventaja muy conveniente en
mantener a las mujeres alejadas de su propia fuerza, ya que, sin su renuncia,
sería más difícil sostener un sistema en el cual los hombres pudieran continuar
manteniendo los privilegios que les han sido conferidos.
Dicha renuncia, no solamente implica un
distanciamiento de las propias necesidades y anhelos, sino también, crea una
especie de pacto perverso, que convierte a las mujeres en guardianas de las
normas sociales, en las cuales, bajo ninguna circunstancia, mujer alguna se
atreva a cuestionarse siquiera, su lugar en este sistema o, en su defecto, a
intentar cubrir alguna necesidad que lo contravenga. Una estrategia para lograr
el éxito en este sistema de autovigilancia, ha sido convenciendo a las mujeres
de que su peor enemiga es otra mujer, estableciendo así, no solo, una
competitividad malsana y destructiva, sino una estructura que funciona a la
perfección para sus fines, en donde la parte oprimida retroalimenta su
posición. Esta competitividad, muestra una faceta activa de las mujeres, en la
cual, participa de forma operante y sostenida en la continuidad de este
sistema, propagándolo así, a través de las generaciones, provocando como efecto
colateral la invisibilización de patrones, que a punta de ser repetidos
consistentemente durante siglos, ocasionara que en algún momento dejaran de ser
evidentes, tanto para quienes se benefician de ellos, como para quienes los
padecen; contraste que frecuentemente se encuentra amalgamado.
La religión, como parte de este sistema, ha
desempeñado un papel transversal y medular en este posicionamiento nada
favorecedor para las mujeres, no solo endureciendo las normas a seguir, sino
también, estableciendo “razones” por las cuales, las mujeres no son dignas de
un lugar igualitario en la estructura social, frente a los hombres. Esto le
permitió a la religión judeocristiana intrincarse y transversalizarse en la
estructura social, desdibujando así, la posibilidad de que existan muchas
formas de ser mujer y, en todas ellas de vivir en igualdad frente al otro
género.
El Taller “Mujer Cíclica y Mágica” intenciona la
posibilidad de apelar al despertar del ser interno y único de cada mujer, de
recuperar esos sueños perdidos y esas necesidades olvidadas; de encontrarse en
la mirada de la otra, no como una rival, sino como una compañera que ha vivido
y atestiguado interminables heridas y que, ella, como yo, lleva además de
cicatrices, el vestigio ensombrecido de una divinidad interna que aún se
resiste a ser olvidada.

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