viernes, 25 de junio de 2021

Entre la herida y la divinidad, hay una posibilidad

 
Entre la herida y la divinidad, hay una posibilidad

Patricia Chong

A lo largo de la historia, las mujeres han sido revestidas por calificativos que corresponden a las creencias en boga de cada momento de la historia, las cuales han favorecido que las mujeres se separen de su esencia en aras de vivir acorde con lo que se espera de ellas. Como resultado, es posible observar mujeres que no solo desconocen el funcionamiento de su propio cuerpo, sino que además involucran en su cuidado diario, productos de supuesta higiene, que alteran la homeostasis natural y continúan perpetuando la desconexión con su cuerpo.

 

En un plano más profundo, esta escisión conlleva un distanciamiento de sus necesidades, sus intereses, sus sueños, etcétera, que incluye su capacidad para asentir o negar cuando éstos se contraponen a los requerimientos o necesidades del grupo al que pertenecen. Esta ausencia de asertividad se extiende a la vivencia de la sexualidad, en la cual, el querer-no querer o querer “algo” se ve desplazado por la demanda de la pareja sexual, comprometiendo así, su satisfacción y, de nuevo, la posibilidad de una conexión con su cuerpo y, por ende, con su propio poder.

 

Históricamente, esta desconexión ha sido favorecida, fomentada y creada por grupos sociales hetero-patriarcales, los cuales, desde el derrocamiento de las diosas, han encontrado una ventaja muy conveniente en mantener a las mujeres alejadas de su propia fuerza, ya que, sin su renuncia, sería más difícil sostener un sistema en el cual los hombres pudieran continuar manteniendo los privilegios que les han sido conferidos.

 

Dicha renuncia, no solamente implica un distanciamiento de las propias necesidades y anhelos, sino también, crea una especie de pacto perverso, que convierte a las mujeres en guardianas de las normas sociales, en las cuales, bajo ninguna circunstancia, mujer alguna se atreva a cuestionarse siquiera, su lugar en este sistema o, en su defecto, a intentar cubrir alguna necesidad que lo contravenga. Una estrategia para lograr el éxito en este sistema de autovigilancia, ha sido convenciendo a las mujeres de que su peor enemiga es otra mujer, estableciendo así, no solo, una competitividad malsana y destructiva, sino una estructura que funciona a la perfección para sus fines, en donde la parte oprimida retroalimenta su posición. Esta competitividad, muestra una faceta activa de las mujeres, en la cual, participa de forma operante y sostenida en la continuidad de este sistema, propagándolo así, a través de las generaciones, provocando como efecto colateral la invisibilización de patrones, que a punta de ser repetidos consistentemente durante siglos, ocasionara que en algún momento dejaran de ser evidentes, tanto para quienes se benefician de ellos, como para quienes los padecen; contraste que frecuentemente se encuentra amalgamado.

 

La religión, como parte de este sistema, ha desempeñado un papel transversal y medular en este posicionamiento nada favorecedor para las mujeres, no solo endureciendo las normas a seguir, sino también, estableciendo “razones” por las cuales, las mujeres no son dignas de un lugar igualitario en la estructura social, frente a los hombres. Esto le permitió a la religión judeocristiana intrincarse y transversalizarse en la estructura social, desdibujando así, la posibilidad de que existan muchas formas de ser mujer y, en todas ellas de vivir en igualdad frente al otro género.

 

El Taller “Mujer Cíclica y Mágica” intenciona la posibilidad de apelar al despertar del ser interno y único de cada mujer, de recuperar esos sueños perdidos y esas necesidades olvidadas; de encontrarse en la mirada de la otra, no como una rival, sino como una compañera que ha vivido y atestiguado interminables heridas y que, ella, como yo, lleva además de cicatrices, el vestigio ensombrecido de una divinidad interna que aún se resiste a ser olvidada.



 

 

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